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domingo, 21 de octubre de 2012

TE HUBIERAS VISTO…




FECHA: 15-06-2011

Figúrate que el último viernes, después de haberte aburrido con nuestra última charla sobre nosotros, encontré, al volver a casa, el atardecer que mirabas desde tu ventana. Me acompañó un rato, y como todo lo fugaz, desapareció. Después sobrevino la noche y otra vez éramos tú y yo caminando cada uno por su lado en un tiempo imaginario.

Te hubieras visto, dulce como indiferente, luminosos tus dominios cercados por tus pasos distraídos que tiñen de belleza tu distancia natural. Un chorro de pileta desenfocaba el encuadre verdinoso de tus pasos. Soy ciego en el detalle y los rostros, pero experto en distancias y siluetas. Y ver un esbozo de ti a lo lejos, viejos ensueños, ligero recuerdo que no se borra, hizo que apure el paso para que no escaparas.

Extrañamente, si no nos cruzamos los miércoles, nos vemos los viernes. Estamos vetados los demás días. "Si los horarios no se cruzan, no se cruzan", tú dices. Apenas cruzamos palabras, nerviosos, te miro un poco, quizá mi deseo egoísta es que suspendan tu clase y conversemos en los pastizales, con la cómoda excusa de esperar a tu amiga, para que te acompañe en tu salida.

Que todo sea casualidad y nadie busque a nadie, solos nos encontramos, como te dije una noche.

Husmeaste por la ventanilla de la biblioteca para comprobar si aun se encontraba el encargado, luego fuiste a una de las computadoras para ver si estaba libre. Pensaba que ya conocías los usos y costumbres de la facultad, todo indicaba que no mucho. Era el tiempo muerto de tus martes; esperabas que tu amiga saliera de sus clases dentro de la universidad, donde lleva ya dos ciclos estancada con el mismo profesor.
Mi aterrizaje causó en ti un sustillo, sentí el chispazo de tus hombros de sabor vainilla. Tu asombro fue tan natural que parecía practicado incansables veces con los avezados que, me entero a veces, te quieren besar.

Qué novedades, me pedías. Mis novedades desaparecen inmediatamente si me las pides, no sé, me hago un manojo de nervios y recuerdo detalles intrascendentes de mi vida de por sí aburrida. Tú me sorprendes primero, me cuentas del extraño dolor de rodilla del que hablas poco para decir demasiado.

Conversamos un poco de ello y siento que debo cambiar de tema. Te pedí, casi obligué, que me acompañes a buscar los salones de estudio. Debía presentar un trabajo ese día, me quedaba un cuarto de hora y no había escrito nada. Era sobre el conflicto del que se vive en el VRAE, esos esbirros terroristas cocaleros querían tomar el poder y quieren invadirla.

Me acompañaste a buscar el salón donde tenía que presentar mi trabajo. Creo que en tu ciclo, el tema de los derechos aun no es cosa de estudio, no te piden muchas lecturas (disculpa el prejuicio); sin embargo, espero que te sirva el dato de los lugares para leer, estudiar, dormir y pensar. Mi intención era que ese elefante blanco que es la facultad fuera para ti menos inhóspita de lo que a primera vista parece: un Titanic de cemento anclado al jardín.

Sólo que todavía no publican mi lista exacta de docentes. Era la segunda semana de clases y no estaba la lista de los condenados docentes. Maldije al decano. Volvimos, caminamos a lo largo de la sombra y llegamos al sol que ardió molesto cuando nos vio pisarlo de vuelta. Pisar el sol a tu lado y volver inmediatamente al fresco fue la rendición que disfrutamos.

Te sentaste cerca de las hierbas, allí donde toda la facultad pasa apurada sin mirarnos, me sentía reconfortado en las perlas de tus ojos y deslizado en la viva montura granate de tus antiparras. Esas lunas gigantes reflejan mi cara, escudan tus ojos, tan negros y limpios que los miro más de lo permitido. Te hubieras visto, ¿la luz del sol aprendió a rebotar en las sombras o tú te iluminabas sola?

Y qué novedades, volviste a preguntar. Te conté que de venida en el micro un aprendiz de "choro" me quiso robar el celular y terminé dándole consejos, dos soles para su pasaje y un par de chistes de callejón. También me pediste que te cuente el lío que hay en mi salón, porque siempre se crean peleas en las matriculas, le dije que todo el mundo desea estar en la mañana. La UPT es un fiasco total, no sé porque aun sigo estudiando, solo se sobre el convenio que tengo con el Rector, ninguno tiene la razón, sólo los abogados la tienen.

Te pregunté qué harías por estos días. Sólo hablamos de la fiesta del miércoles en casa de tu amiga, que gracias a todas las divinidades es amiga mía también, no había nada más que aclarar. Luego recuerdo el porqué no te hable durante toda una semana, fueron aquellos post que vi en tu muro del Facebook. Como no tienes que explicarme si sales con un chico o si otro te escribe desde lejos, si ya se han visto, por qué aquel te llena la biografía del Facebook o si por todo eso te odio secretamente y me engaño barnizándote con palabras celestes. Me importan esos minutos que paso contigo y te siento mirar como yo te miro, y ausculto en tus ojos, uno por vez. Es imposible mirar a los dos ojos e intercalo, aprecio e intercalo, uno a uno. Cada farol tuyo queda marcado que todavía lo recuerdo mirándome lejano tras las S escondidas de este texto.

De repente, escucho un redoble de tambores y un sonido marcial, son las botas de tu amiga que se acerca. Tenemos que despedirnos. Yo me voy, si hubiera sabido que tú te ibas a ir tan lejos, te hubiese escrito antes y te hubiese perdonado mis disculpas, siento mucho todo esto, ya que tú te vas a caminar sin pensar en mí.

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Esta historia aunque un poco atrasada, me permite rememorarte y decir que estarás en mi mente hasta que otra persona me haga olvidarte, como tú lo hiciste de las demás. 

LA PALABRA X NO ES TAN MALA, SOLO QUE ES MEJOR NO PRONUNCIARLA




Las X enamoradas siempre me van a producir una cierta incomodidad. Debe ser porque casi siempre no quedamos en buenos términos de comunicación. De haber sido mejor la forma de comunicación entre nosotros, yo creo que ahora no habría ningún problema, es más, con algunas de ellas tengo una especie de lejana amistad.

Pero cuando terminan con uno te vuelves alérgico a esta persona. No quieres verla, que te la nombren ni saber un detalle de su vida soltera y feliz. La sola idea de encontrártela en algún lado donde no la puedes evitar,  y ser testigo de lo mucho que se divierte con sus amigas, con el tarado por el cual encontró, un nuevo novio, te enferma (y no es como en Friends, donde después de terminar todos vuelven a ser amigos como si nada hubiera pasado, en la vida real esto no funciona así).

Entonces decides quedarte en casa, aunque no logras concentrarte en nada. Prendes la televisión y pasan la última película que vieron juntos, prendes la radio y todas las canciones son de amor, hasta ahora no entiendo el porqué todo en este mundo gira alrededor del amor, aun suenan las que tu todo embobado le dedicaste en la noche de los tiempos. De alguna forma tienen que ver contigo y tu desgracia sentimental. Te escondes bajo la cama, tienes pesadillas, peleas con la almohada, sudas, te deprimes, no pruebas bocado, no estudias, no reaccionas, y sobre todo no quieres conocer a ninguna otra chica.

Si logras dormir, al despertar te dirás a ti mismo que odias a tu ex, aunque en el fondo sabes que es mentira: desearías odiarla, seguro pero aun la quieres y quizás más que antes, pero esa idea ahora te parece inaceptable.

Pasarán algunos días, unas semanas, e incluso un par de meses para que te dejes rescatar por tus amigos que siempre han estado contigo (y porque falta para la “chancha” de la chela). De no ser por ellos aun seguirías en casa, probablemente recordando los miles de momentos que pasaron juntos y de los que ahora solo te quedan los recuerdos: un Cd de tu grupo favorito, un peluche de felpa, algunas fotos, ciento de poemas que nunca entregaste y un post que escribiste a última hora (a riesgo de ser golpeado).

Desde que han terminado, se han cruzado dos veces fuera del la universidad, tres en la biblioteca de la Uni. , una en el autobús y otra más en el centro, sin contar los dos restantes que se cruzaron por la calle sin saludarse. De pronto piensas que la ciudad es muy pequeña para ambos o el destino se esmera en recordarte a la persona que perdiste.

Han pasado casi tres años de mi extraña relación con X-1 (Ana), con la que estuve casi tres meses. Se podría decir que fue mi primera enamorada de a de veras. Tanto tiempo ha pasado desde entonces que no me apena decir que me enamoré de ella (de sus grandes ojos café, de su peculiar voz, su extensa cabellera rizada, sus largas piernas contorneadas y de su sonrisa infinita) no perdida sino perdedoramente. La decisión de terminar con nuestra relación, me cambió por completo y debo admitir que ha habido un antes y un después que me ha hecho mejor persona y un peor escritor.

A pesar de sus primeros burdos intentos y después de los errados intentos míos por ser amigos, nunca llegamos a amistarnos o perdonarnos del todo, por esas cosas que a estas alturas está de más recordar. Eventualmente, hablábamos por Messenger hasta que cada cierto tiempo decía que cada nuevo novio que tenía le prohibía hablar conmigo, según recalcaba ella.
Me enteré después por curiosidad, o ese masoquismo que caracteriza a los descorazonados, que ella era una cuasi anfitriona o modelo.
Qué lejana estaba aquella chica de los primeros años de secundaria que usaba una extraña cola de caballo y poseía una sonrisa de colores por los braquets que tenía y que era la sombra de su prima, que como el mejor de los vinos fue mejorando con los años, así que tuvo una suerte de Patita Fea o Betty la Fea. Por aquel entonces como la mayoría de chicas suspiraba patéticamente por Sucso (Diego) mientras él la ignoraba y despreciaba de la peor manera, no sabían que el destino les deparaba un final junto (y revuelto).

Luego de un tiempo, pude iniciar otra relación, Fue un viernes por la tarde que hablé por última vez con X, o mejor dicho la última vez que nos vimos frente a frente para hablar, cansado de pedir disculpas, constantes desaires y frías respuestas hicieron que me armara de valor para juntar la poca dignidad que me quedaba y eliminarla del todo, como si borrarla de mi grupo de amigos la sacara por completo de mi vida, qué equivocado estaba. 

Pero cuando pensaba que lo peor había pasado y había superado el síndrome de X por una fuerza de la naturaleza o raras leyes de la física te hacen volver a verla dos meses después más bella que nunca. Primero tratas de perderte entre la muchedumbre, pero ya es demasiado tarde, sus miradas han hecho contacto visual y es realmente uno de los momentos más incómodos de tu corta vida. Tu corazón enloquecido empieza a bombear de la impresión. De pronto, ella finge una sonrisa de antigua complicidad. Por ese instante quieres ir a abrazarla y decirle que el pasado ya no importa, y sin embargo algo te detiene, es la conciencia que te hace recapacitar y decirte “sabes que ya no es tu enamorada, ella ya no quiere saber nada conmigo”.

Un leve mareo sacude tu cabeza. Estás atrapado en una horrible escena de terror de la cual no quisiste ser protagonista jamás. Te encuentras con tu ex después de tanto tiempo, tienes ganas de decirle mil cosas, abrazarla, confesarle con rabia que la extrañas, de preguntarle cómo es posible que este tan bien sin mí, de susurrarle al oído que está más hermosa que nunca. Pero también tienes ganas de sacarle en cara sus promesas, de pedirle perdón y perdonarla. Pero no. No, no dices absolutamente nada sobre eso. Todo se reduce en “me ha dado mucho gusto verte”. 

Aunque es la misma chica que estuvo contigo, con la que conversabas de los temas más trascendentales y los más bobos. Con la que exploraste algunos niveles de pasión e intimidad, con la que hiciste planes a largo plazo sentados en la plaza de algún parque, bromeando el nombre de los futuros hijos que tendrían, y con la que hablaste de muchas cosas, con la que lloraste y reíste y volviste a llorar y reír de nuevo ya no existe, ya no está más. En reemplazo hay otra chica que no conoces que parece ser una mala imitación de ella, que bebe, fuma, se toma cientos de fotos. 

Los años la han llevado de un lado a otro en tu mapamundi emocional, de ser la mujer más importante en tu vida ha pasado a ser una anónima, una simple X, una chica que ahora saludas y te sientes tan incómodo como ella.

Ya no la quiero, es cierto, pero la quiero, no de la misma forma, pero de alguna forma debe ser. La necesito o tal vez solo necesito saber de ella. No me importa pero me jode y es que eso es lo tragicómico de esto, allí donde las tripas no mienten, debo decir que fui un sobreviviente de ese iceberg a la vista llamado X. En ella se van los millones de recuerdos de las noches en que no pensaba encontrarme, y ella no tenía en mente volverme a ver. 

De algún modo al escribir sobre lo que pasó es mi forma de decirle ADIOS. Con este adiós el síndrome de X parece haber sido superado aunque le diga adiós para toda la vida, quizás toda esa vida pensaré en ella.



ME GUSTAS, CARAJO YA LO DIJE!! :P



Me gusta.
Me gustan sus zapatillas, sus zapatillas converse y la extraña forma que tiene de amarrarse las agujetas. Me gustan sus jeans rasgados y bien ajustados. Me gusta sus camisas largas cuadriculadas, aquella chompa gris que me encanta tanto, cual abriga tan hermoso cuerpo, siempre escondiendo sus encantos. Me gusta cómo el humo se desprende de sus pequeños dedos y cómo se ríe. Sobre todo porque lo hace conmigo. Me gustan sus misterios, sus silencios y como poco a poco los voy descifrando. Me gusta tanto aquella chica a la que tanto hable pero ahora ya no me acompaña, que no sé explicarle con palabras lo mucho que me encanta.

No sé porqué ella ha escogido aquella clase, es acaso que me quiere torturar viéndola tres horas a la semana, aun recuerdo cómo es que podía hablar con ella con tanta facilidad, como es que caí una vez en darme cuenta lo mucho que me gustaba, pero aun no lo admitía. Sin embargo, presiento que ella ya lo ha venido sabiendo de antes. Nos acompañaba siempre una inocente conversación, a veces algo de música y mis pequeños chistes que llenan los silencios incómodos. Ella no toca su pasado y yo no lo profundizo, sólo sé que le gusta ver muchos animes, y hablar aquí conmigo, y eso es suficiente.

Las conversaciones largas acaban pero vuelven, me toca de nuevo. Ella se rehúsa a tomar la llamada y me obliga a hacerlo otra vez. El silencio juega en contra de nosotros y las risas apelan a un amor posible. No sé muy bien lo que digo pero sí sé que ella se está divirtiendo. Su risa me renueva, me alegra, me llena de vida. Se parece tanto a lo que andaba buscando y sin querer estoy hablando contigo y diciéndote como es que el mundo es idiota, y repitiéndote que el pasado es el pasado. La gente pasa y no nos debe de importar, somos invisibles, casi transparentes. Mientras las últimas palabras de esta conversación caen en las tristezas de un cuídate mucho, y nunca un te quiero.

Refugio mi silencio en el humo del cigarro, mientras ella aun esta en comunicación conmigo con cierta complicidad. Ella toma la posta y empieza a bombardearme con todo tipo de preguntas de las que trato de torear con cierta experiencia que me dan los años: como nunca profundizar en ninguna respuesta ni hablar con énfasis de alguna chica del pasado. Menciono a grosso modo las veces que creí estar o estaba enamorado, de mis dos novias formales, de mis mejores amigas, de fiestas y de una que otra estupidez que hice en la adolescencia.

Quizás sé tan poco de ella que eso es lo que me gusta. Me atrae de forma misteriosa su melancolía. cuando ella habla trata de cuidarse, no de decir nada más allá de la cuenta, parece que analizará cada respuesta, cada pregunta que he lanzado al aire y ella ha cogido con sabiduría. No obstante, son aquellas respuestas simples, no trascendentes, las que nadie toma en cuenta, con las que yo voy construyendo un perfil de ella en mi cabeza.

Sé que le gusta el cine de terror, bueno en este caso es claro que es totalmente opuesta a mi, ya que soy un hincha del cine italiano: La vida es bella, Cinema Paradiso y Malena. Las independientes: Blue Valantine, Réquiem por un sueño y Soñadores. Las clásicas: Casa Blanca, Lo que el viento se llevó y Tiempos Violentos. No es necesario pensar mucho para deducir que le gusta el hard rock, el metal; no como a mi que se emociona con el rock en español sobre todo porque ella no domina el inglés, sin embargo, le gustan Los Beatles.

Entonces lo entiendo todo, comprendo que ella es distinta, sobrenatural, una de esas criaturas que el destino te pone enfrente una sola vez en la vida, y que si la dejo pasar es porque soy un MARICA Y UN PERDEDOR, cosas que sin duda soy, pero no esa tarde que quiero escapar de la realidad y soñar, aunque sea un momento, que mi vida podría ser mejor con esta mujer que ahora quiero salir con ella y decirle todo lo que tengo guardado hace tiempo dentro de mi  y no sé si me corresponderá.
Me acerco un poco más, pongo sobre la mesa el tema, es allí donde las distancias se van acortando y ella se da cuenta de mi siguiente jugada. Necesita un tiempo me pide que vuelva a comunicarme después con ella, que está ahora un poco desorientada.

Poco mas terminada aquella conversación no volví a tocar el tema. Cierta vez me la pude encontrar caminando en silencio. El silencio ya no incomoda porque estamos juntos caminando, ninguno quiere irse, ninguno quiere que esto termine, bueno lo creo mejor yo asi. Pero dentro de una hora será su clase nocturna a la que ella ha faltado un par de veces ya que aun no tenía un profesor estable. Nos dirigimos a la biblioteca, quería deshacerme de las personas de mi alrededor y decirle en la cara lo mucho que me gusta, decirle que todos se vallan a la mierda y nos fuéramos a ver una película, hacer algo juntos, pero luego de que ella se alejo de mi, note que ya nada era posible con ella-

El tiempo se nos ha escapado de las manos. Ambos sabemos que si seguimos así no llegaremos a nada y aun así no hacemos nada para llegar a tiempo. Ella sugiere que debería irme yo solo y a mí no me gusta la idea. Tengo que aprovechar cada segundo adicional que tengo para besarla.

Parece que puede leer mis pensamientos, o quizás son mis manos que empiezan a buscar las suyas hasta encontrarlas. Y en la calle codo a codo somos muchos más que dos. El alba nos da entre los árboles.
Mi boca busca su boca, pero no la encuentra, con cierta tristeza ella me ha evadido. Le pido disculpas y sonrío. Cuento algo gracioso, trato de no estar molesto o finjo no estarlo. Yo trato de actuar normal aunque quizás sobreactúe un poco. Pero no es que tampoco sea un nominado de la academia.

Ella me mira con sus grandes ojos negros en silencio. Me da un beso en la mejilla, y me dice, que también le gustaría besarme pero la amistad es primero, y yo, pero yo no quiero ser tu amigo; y ella, no es por nosotros, es por ti, tu siempre serás mi mejor amigo...


sábado, 20 de octubre de 2012

Mujer noche...!




Era un largo fin de semana, donde la noche y la madrugada eran lo mismo. Con días horizontales y ligeramente aburridos. Era yo casi echado en cama, dando vueltas abrazado de mi almohada. Era mi dedo pulgar apretando descontroladamente los botones del control remoto. Eran días llenos de música ensordecedora, novelas clásicas, internet con sus redes sociales y series cómicas en la tele. Eran días en los que esperaba encontrarme con ella sin ni siquiera moverme de la cama o mi cuarto.

Días de maratones de los simpsons y Padre de Familia. De noches sin sueños. Días eternos con incoherentes charlas conmigo mismo y de cervezas solitarias en la azotea después del almuerzo. Instantes de sueños de una mujer que sí conocía y se desvanecía al mismo tiempo. Casi había olvidado el recuerdo de su olor, de lo larga que es su sonrisa, de sus ojos negros como mis noches. Me había enamorado de ella y nuestras conversaciones interminables en internet.

Pero uno de esos días se interrumpió con una llamada de Martin. Mi compañero de armas y desahuciado en la batalla el día anterior. Lo más probable era que su llamada se debía a una de esas juergas repetitivas. De monólogos de ligue armados, de botellas de un ron barato, cervezas en vasos de plástico, cigarrillos a medio consumir, más música ruidosa observando bailar siempre a las chicas, más lindas y vagas conversaciones filosóficas entre coincidencias y casualidades.

Martin me grita por no llegar a tiempo, lo que no me dice es que su cita lo ha rechazado olímpicamente a quedarse a beber unas copas. Por otro lado, yo justifico mi demora y le echo la culpa al tráfico de la ciudad, aunque tampoco le dije que intenté llamar a R, mi chica del Facebook, y que ella está en una reunión familiar cuando en realidad estaba paseando por las calles de cono sur acompañada de su ex novio. Debe ser que ninguno quiere decirle al otro que había sido ponchado.

Martin propone pasar por unas hamburguessas antes de regresar a nuestras casas, aparentemente era un viernes sin novedades; sin embargo, aprovechando la cercanía de los bares de la av. Bolognesi lo convenzo para tomar unas copas. Cuando ya prestos a entrar sale un loco que empieza a gritar: “¡La noche es mía! ¡Mía es la noche! Y de nadie más” con una bolsa de basura en el brazo.
El loco está cada vez más cerca de nosotros. Agita la bolsa contra los peatones y la lanza hacia adelante. Corro unos cuantos pasos, lo que provoca la risa de Martin y de algunos extraños que pululan por allí. Sin darme cuenta tropiezo con una chica. Le pido disculpas y sigo caminando avergonzado, no la he reconocido, es Ana. A pesar de que he pensado en ella y la probabilidad de encontrarnos un fin de semana en la misma calle de la ciudad parecía remota.
Sí, sí es ella. No ha sido necesario buscarla en una discoteca, un concierto o un bar. Ella está ahí parada delante de mí. Y no la reconozco pero ella a mí sí, me llama por mi nombre y no por mi apellido como hacen muchos. Me gusta la fuerza que pone cuando pronuncia la jota y la ese. Se la presento a Martin y él la saluda pensando en la chica de la que le vengo hablando las últimas tres semanas con cierta emoción y alegría. Pero ve a su acompañante, la ‘P’ y sabe que no se quedará ella esa noche. Sabe que se portará como un santo entonces, viéndome jugar mis pobres fichas por Ana.
– ¿A dónde van ustedes?, pregunta ella.
–Íbamos por unas cuantas cervezas antes de volver a casa, ¿y ustedes?
–Vamos a recoger a una amiga a la Plaza Mayor.

Ante el malestar de Martin nos dirigimos a buscar a esa amiga sin saber que aquella noche él terminaría besándola. Sus pesados huesos le pesaban cuando pensaba en el largo trecho para recoger a la desconocida. Trato de romper el silencio con algún chiste improvisado. Hablamos de cine, de la universidad, como se encontraba en sus estudios, sin sospechas que entretenía más a la P que a Ana.
Quizás tratando de sonar más intelectual, pero ella no se sorprenden, también estudian lo mismo.
Era obvio que a mí me gustaba Ana y a Martin su amiga. Era obvio para todos menos para la P, ella era el problema, pues parecía ser la madre de ambas y por el contrario parecía ser la más tímida pero una vez en copas era la más extrovertida y jovial de las tres. La amiga de Ana sostenía una bolsa de papel marrón donde guardaba un macerado y tres “rubias” como llamaba a la cerveza.

¿Dónde las pensaban tomar? Me preguntaba, ellas me dicen que en la Plaza de Armas. Les digo que eso no se puede, que está prohibido. Y las tomamos a la espalda del Real Plaza, ellas eran unas chicas distintas, eran como nosotros pero mejores. Martin empezó a soltarse de a pocos y fue robándome el protagonismo (sobre todo cuando lo vieron orinar en el jardín del hotel Tacna) mientras yo, me reprimía las ganas de orinar y me iba quedando sin ideas y quedaba fuera del marco de la noche.
Martin afirma que me gusta más de la cuenta Ana, porque de alguna forma se parece a A, (una chica por la cual estuve enamorado un buen tiempo, para luego acabar por un sin razon de motivos) quizás no en sus ojos ni en su mirada, pero hay algo en ella que es igual. Aunque sé que es verdad lo niego tajantemente. Me gusta porque ella es divertida, espontánea y libre.

Sin embargo, cuando el macerado y las cervezas se acabaron, las chicas llenas de coraje se dirigieron a cualquier local para seguir tomando mientras Martin y yo esperábamos en la puerta del rock anda roll. Aun era relativamente temprano así que las convencimos de ir a continuar de la noche en cualquier antro de la av. Bolognesi. Pero ‘P’, la chica risueña, tenía que irse, no había pedido permiso a su madre y la hora la comprometía a regresar. Nos quedaríamos los cuatro solos. Aunque las chicas trataron de convencer a P de que se quedara y ella no lo hizo. Nos quedamos con ellas decidiendo si entrar o no a los bares del Centro.

Al final, entramos a latinos a regañadientes, un viejo bar karaoke que nunca falta en la larga alameda de esta ciudad. De haber escogido como en un principio escogió Martin el Cero hubiera terminado aquella noche en el hospital, dado que en la silla que hubiese estado sentado hubiese caído una botella cortada producto de una gresca entre dos ebrios por una chica, chica que también conocía pero no tanto como yo.

Una vez en aquel antro con el pisco y la cerveza encima no nos quedó otra cosa que bailar. Si es que de alguna manera se puede decir a los saltos descoordinados que dábamos de aquí para allá y viceversa. Mientras la noche nos iba bailando, Ana, la chica en la que había pensado constantemente, empezó a abrumarse con mi presencia y el correr de las horas, parecía no divertirse tanto como lo hacía su amiga con Martin, cuyos pasos eran propios de dos almas que han bailado siempre.

Nos sentamos en una de las muchas mesas vacías que aun quedaban en el local. Pensé en decirle que todo este tiempo he pensando en ella. Pero no lo hice. Ella tenía sed y le ofrecí una cerveza, ella pidió agua. Martin se ofreció a ir por la botella a la barra y su amiga le sugirió que la compre afuera y que vamos, te acompaño, le dijo.

Bailamos un par de canciones más, siempre intercambiando de parejas. Ahora era yo quien bailaba más con la amiga de Ana, cosa que incomodaba ligeramente a Martin, pero sin decírmelo. Al cabo de diez minutos, las chicas decidieron que era hora de marcharnos. Decidimos acompañarlas hasta sus casas, cosa que la amiga de Ana se negó rotundamente. Nos despedimos de ella y la noche pasó por nosotros.
Camino a casa, mientras camino algo descontento, Martin me confiesa visiblemente emocionado que ha besado a su amiga de Ana. Hay un pequeño silencio entre ambos, luego abordamos un taxi. La vida es una suma de coincidencias y no de casualidades me dice. Mientras yo tengo la imagen en la cabeza de la amiga de Ana besando a Martin, le doy una falsa palmada en el hombro, sin saber en qué momento pasó que no me di cuenta.

Martin parece leer mis pensamientos y me dice, no te mortifiques, no significó nada. Pero lo que no me dice es que él la ha forzado. Que ha intentado besarla cuatro veces y que al último intento logró hacerlo. Quizás era para olvidarse de su pequeño plantón, o quizás porque estaba empezando a enamorarse de ella.

Cuando me pregunta por Ana, yo me quedo callado, lo mío ha sido todo lo contrario. No le miento, no puedo hacerlo, siento que el taxista ríe. La situación entre ambos es tensa. Ya habrá tiempo para otras victorias, me responde Martin cuando baja del taxi.
Fue un largo camino a casa, vi como pasamos con el taxi por la casa de A, una persona que había estado viendo los últimos meses, sin más cuidado note lo mucho que me había acostumbrado a ella. Luego pienso que algunas cosas siempre tienen que cambiar, como Martin, que no parece ser el mismo de una noche atrás que fue derrotado por su desplante con su cita.

Es un hombre nuevo de mirada dura y herida. Le dije que la amiga de Ana es una chica que vale la pena, que no juegue con ella, me dice que no quiere jugar con ella, que no sabe lo que siente. Que no lo regañe, que yo le hablé de "A" hace tres meses que no le hablo, que soy un cobarde que no es capaz de entablar un simple conversación con alguien que estuvo conmigo por casi un año, que no vale la pena que Ana vuelva a aparecer en mi vida, y que menos aun ahora me ponga celoso por su amiga sólo porque se han besado, que nunca imaginó besarla, que yo debo perseguir a A hasta que se canse de mí o la conquiste, porque yo ya elegí y no hay vuelta atrás.

[CANCIÓN DE MAR DE COPAS, MUJER NOCHE, EL TRACK DE ESTE POST]




viernes, 19 de octubre de 2012

LAS MUJERES QUE HAY EN TI...





¿Cuántas mujeres hay en ti? Me pregunto mientras te escribo sosteniendo en la mano derecha un cigarrillo, llenando de cenizas el teclado obsoleto del ordenador, mi izquierda le da play al reproductor que toca por cuarta vez esa canción que me recuerda tanto a ti, a mí, a nosotros.

Estoy enamorado de todas las que puedes llegar a ser, de las que nunca serás, de las que nunca intentaste y de la que eres. Naturalmente, me cruzo con todas ellas, debido a tu múltiple desorden de personalidad es que están enredadas entre sí, como los pasadores de tus zapatillas. Además, de conocer todos tus temores, miedos, anhelos, aciertos, desaciertos, misterios, confesiones, lágrimas, risas, odios y de tu amor, de ese amor que es extraño y a veces no lo entiendo, o viceversa. De esa chica medio hippie-revolucionaria, de la promiscua y dulce, de la chica calculadora y misteriosa. En suma, amo a todas, porque todas tienen algo de ti.

La Misteriosa: Que está más allá de la lógica, lo común, de lo convexo. A esa la conocí hace más de un año, y sin saberlo también se enamoraría de mí con el devenir del tiempo. En aquel entonces no sabía nada de ella, ni siquiera su entrañable nombre, solo recordaba el brillo de sus ojos al mirar, al llorar, al reír; la misma que me presento mi mejor amigo, una tarde de julio, mientras salía a fumar un cigarrillo, sin saber si volvería a poder hablar con ella. Hasta un mes después, Ella cursaba los primeros ciclos de la Universidad, entusiasmada con sus clases de Jurisprudencia romana, latín y Derechos de personas I; le fascinada la vida bohemia del Centro, la belleza de las personas, perdimos horas caminando sin sentido por la alameda. Quien escuchaba mis monólogos y unipersonales sin reclamos ni enojos, empezó a salir conmigo sin querer. Algunos viernes, se volvieron nuestros días, sin embargo, jamás sabré si ella sabía de mis claras intenciones de ser algo más que su amigo, por aquel entonces ligera como siempre, salió con otro chico, con lo cual creí que sería el fin y no volvería a verla, pero ella me dijo, “que no significaba nada para ella”- la frase me dio esperanza y me disgustó, pues, a mi no me gustaría tener una novia que salga con otros muchachos que la aborden. No obstante, no importaba verla mucho, para saber que algo había surgido entre nosotros, quizás sin saberlo.

La revolucionaria: Fue una de las que me dejó impresionado y la que recuerdo con mayor nostalgia, con sus locas ideas y la de sus amigas, que doctrinaba su vida, ella hablaba de revolución, una actitud hippie de querer cambiar a la raza humana, quería rescatarme de la vida frívola que según ella ostentaba, Fue la misma que me contó gran parte de su pasado, que me decepcionó un poco. No obstante, fue esta a la que bese por primera vez.

La superior: Las veces que no te pude ver creí que era porque te faltaban ganas, que no me soportabas, que mis malas palabras te alejaban, que te habías dado cuenta de lo mal que te hacía, de lo nocivo que era mi presencia, en general, para la humanidad. Y sin embargo, cuando acabaste el ciclo, me sorprendió saber que tenías calificaciones resplandecientes. Habías hundido a todos esos abogados con el ego inflado, que se aplauden entre ellos, pero ahora tendrían que aplaudir su segundo lugar porque tú eras la primera, Seguramente le robaste horas a la noche, para leer línea por línea tu tan querido Código Penal. No te lo he dicho claramente pero me enorgullece que seas para mí la número Uno de tu clase. Y me avergüenza haberte reclamado que pases más tiempo conmigo, pedirte más salidas los fines de semana, pero ahora prometo defender tus buenas calificaciones, sino de la única manera que puedo: viéndonos menos y sólo cuando tú lo desees.

La ligera: Fue la que rompió mi corazón dos veces, y que me hizo llorar unas tres. Lo único que me importaba después de eso era comprar cervezas, fumar luckys, y ser invitado por mis amigos para tomar a donde me llevasen. Andaba ebrio la mayor parte del tiempo, ya que siempre me decías verdades a medias o poco creíbles. A la que insulte sin piedad, usando todos los adjetivos posibles para denigrar a una mujer en mi soledad, cuando no pude reconocer sus errores y mas no pude sacar de mi mente lo que me había dicho. Sin embargo, la seguí, persistí, la alcancé y me dejó entrar en ella, como pidiendo ayuda, siempre creí que yo era quien te rescataba pero fue ella quien me rescató a mí y me dio otra visión del mundo que antes no conocía: ser tolerante y tener confianza sin tener confianza, aunque de vez en cuando la idea de ser un victimario más en su lista me asustaba.

La trotamundos: Fue la que muchas veces no se encontraba en si misma, llevándose un poco de mí a donde iba, esté de donde esté, tratando hablarme siempre que podía, a la cual llamaba de vez en cuando, para escuchar su voz y saber si ella estaba bien, fue la que más falta me hizo, la que antes de partir me entregaba todo su amor, y yo le regala todo mi cariño, la que no le gustaba las despedidas, y la que más veces se fue. Ella es y será una de las que amé yo, pues fue entonces cuando entendí que estaba perdidamente enamorado, los días, las semanas, los meses que no estuvo a mi lado, la extrañe como nunca, y llore un par de veces para que regresara pronto, nunca un calendario fue tan despreciable, y que con el tiempo sé que volverá a partir, siempre al regresar me llenaba de besos, abrazos, recuerdos, anécdotas y de vez en cuando se acurrucaba en mí.


La hermana mayor: Quizás muy pocos conozcan esta faceta en ti, que tu eres una persona muy tierna, la cual cuidas a tu primo como un hermano, al cual extrañas cada vez que no está contigo, el que se encarga a veces de alegrarte la vida.
La Freak: Es la que odia las etiquetas pero etiqueta a los que no son como tú y tus amigos, detestas el latín, las comedias cursis, le gustan las películas de terror y casi cualquier género, las balabas te enferman, gustas por libros de autores desconocidos y la literatura bizarra, admiras a los homosexuales, por definir abierta su opción sexual y quizás porque una vez dudaste y experimentaste en ti misma. Odias las fiestas y prefieres las reuniones. Por eso, te molesta las chicas que pierden tanto tiempo en maquillaje, vestido, peinado.  Sabes que para verte linda, simplemente necesitas un buen duchazo, un par de polvos, sombras por aquí y por allá, para ver la belleza natural que posees.

Aún guardas con poco de ellas, las risas, los abrazos, los besos, las peleas y reconciliaciones, siempre traté aprender algo de todas, no sé si hubo un compañero para cada una de ellas, pero sí que las quise a todas.

¿A qué otra mujer conoceré ahora?





jueves, 7 de junio de 2012

Chico, tienes que cuidarte! :D

[POST RETRASADO - FECHA ORIGINAL 03-06-12]
Es Domingo por la mañana y estoy tumbado en mi cama con 39 de fiebre. Mi cuerpo no ha soportado el maldito fin de semana y ha caído, abatido, extenuado, viejo al fin, presa de un catarro y de unos malditos escalofríos que son como electroshocks de mediano voltaje.
No solo me tortura el dolor de cabeza, sino también el resfriado, que se manifiesta con esa minúscula pero profusa catarata de mocos que fluye al interior de mi nariz y que trato de contener infructuosamente con perecibles pelotitas de papel higiénico. 
Lo peor es que, como soy alérgico a casi todas las medicinas, y con la recomendacion del doctor solo puedo tomar tabletas de Panadol, cuyo sencillo compuesto generico no le hace ni cosquillas a esta puta fiebre otoñal. Y para empeorar toda la situación me dan los resultados de mi ultima análisis de sangre, francamente es mejor no hablar de ello.
No sé si lo que más me molesta es el resquebrajamiento temporal de mi salud, o esta sensación de absoluta inutilidad y dependencia. Refundido sobre el colchón, soy un completo cero a la izquierda. Si no fuera por mi mamá –que cada dos horas viene desde la cocina trayéndome un té con limón y paños de agua fría– sería hombre muerto.
Por si fuera poco, no solo estoy enfermo, sino también adolorido. Hace dos días se me ocurrió jugar fulbito con unos amigos del Cole, hice un movimiento de pierna algo grotesca, y me realice "nose como francamente, un corte en un ligamento". Inmediatamente sentí una aguijoneada en pierna y en el pie derecho. Pensé que se trataba de un típico mal movimiento, nada serio, quizá un ‘aire’, como les gusta decir a las mamás. Al día siguiente, sábado, no pude soportar más las punzadas y volé a la consulta de la doctora,  junto a mi madre. La doctora que me revisó en una camilla de Emergencia no tuvo ninguna duda al momento de darme su frío diagnóstico: “uy, hijo, tienes una fisura de cuidado en tu pie derecho, tienes que pasar dos días en total reposo”.
No sé ustedes, pero yo relaciono la palabra ‘fisura’ con aquel viejito achacoso y reumático que salía en la propaganda de Dencorub hace años y que, para probar su vigencia atlética, le zampaba una nalgada a la enfermera cuando pasaba delante de su silla de ruedas.
Cuando la doctora me explicó la naturaleza de la lesión, me sentí viejísimo, acabado. ¿Yo? ¿Fisura? Imposible, pensé. Tanto me costó asumirlo que le mentí a la doctora acerca de los cuidados que tomaría para evitar un recrudecimiento. Le prometí aplicarme la pomada que me recetó y refugiarme todo el fin de semana en la tranquilidad de mi habitación. Por dentro, claro, sabía perfectamente que no iba a obedecer un ápice de sus instrucciones.
Cuando regresé a casa, mi hermana me interrogó: “¿y qué te dijo la doctora? Seguro que tienes que quedarte en cama”. “No, no es nada, una cosa muscular, nada más”, mentí otra vez.
Llegó el sábado por la tarde, me fui muy de prisa de mi casa con destino a la Parro, forcejeé tratando de soterrar los rigores de la fisura, me mentalicé dándome ánimos, repitiendo en voz alta que no era ningún viejito de mierda, e hice todo lo contrario de lo que sugería la señora doctora. Hice algunas dinamicas, corrí, hice todo con total regularidad, de un lado a otro ahí nomas –¡crack!– sentí que mi pierna se partía como si fuera una galleta de vainilla.
“Auuuu, carajo”, grité, cerrando los ojos sin poder reincorporarme, ante la mirada desconcertada de Patty y de la gente que estaba alrededor, que no entendía en qué diablos consistía ese nuevo y extraño comportamiento dentro de mi grupo. Un despistado taradin, creyendo que yo solo me encontraba bromeando no tuvo mas idea que imitarme, quedándose el de rodillas a mi lado, moviendo los hombros y sonriendo como un tarado. El individuo se demoró un largo minuto en percatarse de que lo que me tenía ahí, en cuclillas sobre el cemento, no era precisamente hacerlaes una jodida broma como siempre, sino era e maldito dolor de la  jodida Fisura.
Al final logré recuperar mi estabilidad y, doblado, en ángulo de noventa grados, chillando de dolor y de vergüenza, fui hasta donde estaban mis amigos para suplicarles que me llevaran de inmediato a mi casa.
Fue gracias a esa osadía estupida de no hacer caso a las sugerencias de la doctora que ahora estoy aquí, tieso, macilento, vendado, soportando los hincones de la contractura y la calentura inmisericorde de la fiebre.
Es en momentos como estos que le reclamo a la vida una novia, una chica que me engría, que me cuide, que me provea de mimos y que me tome la temperatura, y se quede a mi lado leyendo revistas, mientras yo me recupero.
Aunque, claro, tal vez no sea una buena idea del todo, considerando que también en la enfermedad los novios se las arreglan para ejercer uno de sus pasatiempos favoritos: discutir.
Si es uno el que está enfermo, reclamará hasta el chantaje sentimental que la pareja permanezca al filo de la cama y se olvide de sus planes de diversión. Por el contrario, si es el otro el que cae constipado, uno tratará de hacerle entender que su estado, por muy delicado que sea, no puede recortar la libertad de nadie. En ambos casos, uno siempre exagerará su postura para ganar la pulseada y promoverá maquiavélicamente una gresca para hacer sentir mal al otro.
No se porque estos casos ya me parecen tan comunes, el devenir de mis amigos se encuentran en ellos, tales son las oportunidades que ellos ya saben como actuar, dichas perturbaciones sentimentales por parte de sus novias son:
–“Si quieres anda y diviértete con tus amigas, cof, cof (tos de mentira). No te preocupes por mí. Me quedaré aquí, aburrido, postrado en el lecho del dolor, viendo entre sueños la escuálida cara de la muerte”.
–“Ay, amor, no seas trágico. Hoy es mi fiesta de fin de ciclo. No puedo dejar de ir. El plan era ir contigo pero no puedes. Además, me he quedado contigo desde la mañana”.
–“Está bien, anda, yo no te retengo, pero que conste ah. Cuando tú estés enferma y mis patas organicen una encerrona, yo no me quedo contigo ni a palos”
–“Pero no vas a comparar, pues, gordo. una fiesta que estaba planeado desde hace meses, en cambio los malogrados de tus amigos se reúnen todos los fines de semana. No seas egoísta”
–“¿Perdón, dijiste ‘malogrados’? ¿Por qué hablas así de mis amigos ah? Sabes qué, ya, anda nomás con las aguantaditas esas de tus amigas. Déjame aquí, enfermo, yo me las arreglo”
–“Está bien, me voy” (con portazo de puerta)
–“¡¡¡Chau, vete, miserable, y ni siquiera se te ocurra llamarme para ver cómo estoy. Y ojalá que se pudran todos en esa fiesta de medio pelo!!!!”
Polémicas como esa se desatan entre los novios cuando uno de los dos cae infectado por un virus. A pesar de esa posibilidad, qué bien me caería en estos momentos una enamorada que se la juegue por mí.
Uno de los argumentos que más utiliza mi mamá cuando quiere convencerme de que tengo que encontrar una mujer que me ayude a centrarme en la vida, precisamente con ese punto. “Un hombre siempre tiene que tener a una mujer a su lado. El hombre protege, pero la mujer es la que cuida”, me dice mi mami, mientras me alcanza otra taza de té con limón, y me unta Mentholatum en los bordes de la nariz como cuando era niño.
Ella me habla, y en sus ojos parece proyectarse una de esas escenas del pasado donde ella, esposa abnegada y servicial, cuidaba a mi papá. “Me haces acordar a tu papá, que era un inútil cuando se resfriaba”, me dice, riéndose, y yo me río con ella y juntos nos ponemos alegremente tristes.
Cuando estás enfermo y tienes novia también puedes beneficiarte intercambiando información sobre el modo en que ella aliviaba sus males cuando era niña. Con la novia compartes e intercambias útiles remedios caseros, medicinas domésticas, tradiciones de familia, impagables secretos de las abuelas.
Ahora, con la lap top de mi hermana  sobre las rodillas, me meto al Messenger y encuentro a Majo, una linda chica, amiga de la infancia que hoy se encuentra en arequipa estudiando y que se ha compadecido de mí a través del chat. Le digo que estoy enfermo, con fiebre y malestar, y me sugiere tomar un ‘Huaracazo’.
–¿Qué es eso, Majo, acaso me quieres envenenar?
–Ja, no seas tonto. Es un remedio infalible. Dos cucharadas de pisco, una de miel de abeja, un limón exprimido y agua caliente. Ya vas a ver. Varias generaciones de mi familia se han quitado la gripe con eso.
–Mil gracias, amiga, eres oficialmente mi enfermera on line
–Qué buena. Te prometo que en carnavales me disfrazo de eso: enfermera on line. Ja, ja, ja. Mejórate, chico, un beso y no te calatees pues.
Efectivamente, el ‘Huaracazo’ de Majo palió los síntomas más bravos de la gripe. Pero aún sigo tumbado en mi cama, con un dolor por la Fisura que –para decirlo bíblicamente– me hace ver a Judas en traje de Adán.
Me siento débil. Hace tiempo que no añoraba tanto la compañía de alguien. Espero recuperarme pronto y levantarme de esta cama de porquería y volver a trabajar.
Ojalá que la próxima vez que la enfermedad me tumbe, haya alguien al costado que me acurruque, que me haga piojito en la cabeza; que me rasque la espalda ahí donde mi brazo no llega; que me aplique delicados masajes; que resuelva crucigramas conmigo; que compre películas (aunque sea piratas) y se siente a verlas sin miedo de que la contagie; y que así, con todo su desinteresado afecto, evite que me ponga a escribir textos desesperadamente patéticos como este. JAJAJA debería estar muerto creo yo, pero lamentablemente la vida no me quiere dar soluciones tan fáciles, es hora de zafar, no tengo mas opciones, me he metido en demasiados conflictos, así como he visto a judas con el implacable dolor, en la vida real vi a un judas que me causo mas dolor que una patada en la webos, ahora me encuentro solo, pero creo que en el fondo necesitaba tiempo para pensar muchas cosas, y aun necesito mucho mas, siempre con muchos conflictos todos y yo siempre ahí tratando de ayudar a los demás, pero nunca me preocupe por solucionar mi conflictos.

Creo que es momento de arreglar todo lo que hice mal, todo aquello que hasta escondía de mi.

sábado, 14 de abril de 2012

LA FINALE



Silencios que ensayan sombras
e inciertos brotes de ambiguedad
Unos labios entre brumas
Y una boca ciega que aun podia mirar
y siempre estuve arañando tu sombra
envolviendome en tu aroma y en tu andar
Maldecire por siempre al tiempo
el no haberte conocido sino hasta hoy
Me gusto ese no hablar
y tu rubor abierto, porque andabas sin mirar
Y ni pensar en buscar alguien que se parezka un poco a ti,  
Un poco a ti, naranana
No volvere a buscar palabras
ni heroicas frases de amor
Pero hubiera deseado que me tomes en cuenta
ese silencio nuestro al final fue mortal
No oire mas una cancion, ni una palabra tuya
Y no oire nunca tu corazon
Y ni pensar en buscar alguien que se parezca un poco a ti    
Un poco a ti, naranana
No volvere mas a intentar ser parte , de algo tuyo
para eso no naci
Y ni pensar en buscar alguien que se parezca un poco a ti
Un poco a ti, naranana
pero a pesar de todo te amo





Te encontré, te ame como jamas ame a otra mujer, y sé que jamas amare de la forma en que lo hice contigo, me dejaste de una forma tan injusta, se que jamas encontraré a alguien q se paresca ni un poco a ti, extrañare tanto el escuchar tus canciones, tu voz, y el latido de tu corazon cuando mi cabeza reposaba sobre tu pecho...,
t deseo lo mejor, no t guardo ningun rencor, jamas lo aré, pq...dos personas que se amaron tanto, jamas podrán odiarse...

martes, 21 de febrero de 2012

“Una fábula para mi hermana"






























Era una noche funesta la que había pasado, mis padres habían salido, al igual que mis hermanas, y a mí me toco quedarme con mi hermana pequeña durante todo un día (incluida la noche), debe haber sido casi las una de la mañana cuando me levanté para callar a Camila (mi hermana), que desde su cuarto emitía una serie de gruñidos que no me dejaban dormir. Cuando llegué al umbral de su puerta, vi que mi pobre hermana estaba desvelada, insomne, tan despierta como si fueran las dos de la tarde. Antes de que lo resondrara, Camila hundió su cara en la almohada, fingiendo estar amodorrada.
Me acerqué, dejé salir mi lado paternal y, en lugar de no tomarle importancia a su problema de sueño, gritarle para que se durmiera de una buena vez, me senté a su costado. Camila me miró con expresión aturdida y, sin más ni más, me pidió que le contara un cuento que le facilitara el sueño.
Cuando escuché su pedido me quedé en blanco: no recordaba completo ningún cuento de los clásicos infantiles. Segundos después, rebuscando en mi imaginación, saqué un as de la manga.
--Ya, Cami , te voy a contar uno
--¿Cómo se llama?, curioseó.
--Se llama: “La inimaginable fábula del Hombre de Hielo”
Camila sonrió al oír tan extraño y novedoso título, y se extendió sobre la cama, dispuesta a zambullirse en alguna pacífica profundidad.
Entonces empecé.
“Había una vez un Hombre de Hielo que avanzaba muy orondo por la vida. Avanzaba sin prisa, pero con pausa. Muchas cosas lo atraían, pero pocas personas lo perturbaban. Todos los días salía de su casa (su iglú), se dedicaba a algún oficio para ganarse la vida, y por las noches se aventuraba a recorrer las calles con la única finalidad de ver qué ocurría, con el único propósito de saber qué plan le tenía reservado el Universo”.
“Siempre impertérrito y confiado, el Hombre de Hielo cultivaba la costumbre de no enamorarse. A veces aparecían a su alrededor algunas Niñas Fósforo o Chicas Candela, que intentaban descongelarlo y descomprimir su dureza. Sin embargo, él era demasiado fuerte como para quebrarse así nomás. Se limitaba a tratarlas con cariño, les daba besos mojados, las hacía reír, tomaba de ellas la dosis de calor que necesitaba, pero más temprano que tarde las dejaba en el camino, apagadas, chamuscadas, tristes”.
“Qué distinto era todo hace años, pensaba el Hombre de Hielo cada vez que esto ocurría, y de inmediato rememoraba la época en que era apenas un pequeño e inseguro cubito de hielo. Por esos días lejanos era un chico muy vulnerable: cualquier Niña Fósforo, cualquier Chica Candela podía destruirlo con solo acercarle un poco de su peligrosa lumbre. Bastaba exponerse un poco al calor inquieto de esas señoritas para quedar inmediatamente desintegrado, convertido en un disperso charco de agua”.
“Cada vez que el Hombre de Hielo (en su versión adolescente) quedaba desparramado por el suelo como un lodazal, una extraña combustión hacía que sus moléculas –cual si fuesen bolitas de mercurio– se reuniesen nuevamente, atrayéndose unas a otras, y devolviéndole al Hombre de Hielo más fibra y consistencia de la que tenía antes del accidente sentimental”.
“Al recuperarse de cada descalabro, el Hombre de Hielo volvía a la calle fortalecido, más compacto, más resistente, con más capacidad para no sucumbir ante el fortuito contacto de una femenina lengua de fuego”.
“Pero como crecer es difícil, el Hombre de Hielo pasó muchos años derritiéndose al encontrarse con diversas Señoritas Fogata, una raza de vampiresas que le hicieron creer que era buena idea descongelarse completamente por ellas”.
“Al final de esos estrépitos amorosos, cuando ya nada parecía tener sentido para él, la extraña combustión molecular ocurría nuevamente para devolverle al Hombre de Hielo un cuerpo más blindado”.
“Con el paso del tiempo, nuestro héroe comprendió que podía ser algo así como un Terminator: podía renacer de los residuos de sí mismo y convertirse en un ser casi indestructible. Se dio cuenta de que el dolor –lejos de magullarlo o debilitarlo permanentemente– era solo un liberador de energía, una fuente de poder. Así dejó de importarle cuántas veces pudiera derretirse, porque sabía que cada vez que lo hiciera podría levantarse con un plus de fuerza, con una nueva reserva de ánimo y seguridad”.
“Por eso ahora, con tantas experiencias a cuestas, el Hombre de Hielo avanza impune, sólido, sintiéndose intocable. Su corazón –que antes era débil y noble como una caja de zapatos– ahora es una nevera metálica, un ‘cooler’, un trozo de hielo seco. Si alguna Niña Fósforo intentara hundir una mano en el gélido pecho del Hombre de Hielo caería muerta al instante. Su frialdad la disecaría en el acto”.


(A estas alturas del cuento, en lugar de estar bostezando o pestañeando, la insomne de Cami estaba con los ojos abiertísimos, siguiendo muy atenta el hilo incierto de mi fábula inventada. Entusiasmado por la concentración de mi hermana, adopté toda la gestualidad contorsionista de un contador profesional, me arrodillé sobre la cama y proseguí).
“De todas las criaturas que habitan este mundo, solo la Mujer de Fuego puede poner en serios aprietos al Hombre de Hielo. Son como enemigos que se atraen, opuestos que se necesitan. Cuando ambos se cruzan, ella le deja ver sus llamas más sensuales e incendiarias y, con algo de divertida crueldad, lo somete a un descongelamiento lento pero irreversible”.
–¿Y por qué la Mujer de Fuego hace eso, Fernando? ¿Acaso quiere matar al Hombre de Hielo?, me cortó Camila, intrigadísima.
–Ah, eso nunca se sabe, querida Camila, le respondí, levantando el índice de la mano derecha, engolando la voz como un profesor chiflado que, mientras habla, mira al poniente para darle a sus palabras más importancia de la que en realidad tienen.
–¿Pero la Mujer de Fuego es mala?
–La Mujer de Fuego no es mala, pero está mal acostumbrada a que la admiren: le encanta tener a muchos Flacos Cerillos a su alrededor, engriéndola con elogios, encendiendo su ego. Lo gracioso es que ninguno de ellos podría generar en ella la oscura y fortísima atracción que le despierta el Hombre de Hielo. Esos Cerillos son sombras cortadas con la misma tijera, carbones perecibles, cucuruchos que no pasan de ser bufonescos. En cambio, la fascinante oscuridad del Hombre de Hielo la confunde, la marea, la excita”.
–¿Qué es “excita”, Fer?, preguntó la muy aplicada Camila, provocando que se abriera una franja de silencio entre los dos
–Eso no es lo importante ahorita, Cami, lo importante es cómo continúa la historia
–Ah, ya
“Cuando la Mujer de Fuego y El Hombre de Hielo se encuentran, la tierra tiembla, los mares se retiran, y la luna sale”.
Solté esa frase, medio lírica, medio huachafa, y me percaté de que la pequeña camila seguía tan despierto y espídico como si hubiera tomado tres Red Bull al hilo. Casi una hora después de haber empezado mi número de contador de cuentos, ya era evidente que lo que estaba haciendo en realidad era reproducir clandestinamente mi experiencia con las mujeres bajo el formato de una fábula. Quería transmitirle de contrabando a mi hermana toda la información que algún día le serviría para que no cause heridas a los chicos.
En otras palabras, le estaba diciendo: nunca te entregues del todo a una persona, porque el amor no es justo, porque es mentira que recibes lo mismo que das, y porque no hay retribuciones ni premios para el que se porta bien. Al revés: cuando te portas “bien”, cuando todo el tiempo eres espontáneo, sensible, transparente, bondadoso, cariñoso, tierno y dedicado es más fácil que sufras, porque la otra persona sabrá cuáles son tus puntos débiles e inconscientemente se aprovechará de ti, de tu disponibilidad, de tu entrega, de tu voluntad.
Es más saludable, Camila, que no digas todo, que calcules, que tengas una estrategia, que los chicos jamás sepan cómo vas a actuar o reaccionar, que seas un enigma, un misterio, una pregunta, una interrogante que siempre cuesta resolver.
Solo así, siendo indescifrable, podrás sobrevivir y no saldrás mal parada. Quizás herirás, pero no saldrás herida. Quizás harás llorar, pero nadie te hará llorar a ti. Probablemente romperás un corazón ajeno, pero nadie se atreverá a dañar el tuyo.
El amor, hermanita, no solamente es injusto, sino que es cruel. Nunca hay dos personas que estén en igualdad de condiciones ni de disposición respecto del amor que comparten. Ambos se turnan el mango de la sartén y se alternan en la fatigada tarea de sacar adelante la relación que protagonizan. En el mejor de los casos, la felicidad será un soplo pasajero que los haga mirarse y quererse del mismo modo, pero eso, por muy eterno que parezca, durará solo unos minutos.
Antes y después de la pasión, el amor es un desafío, una competencia, un bosque oscuro en el que caminas a tientas, un ‘Acorazado’ en el que debes intuir los movimientos y pensamientos de tu rival antes de que él (o ella) te hunda cada uno de tus barcos.
El Hombre de Hielo –seguí contándole a Camila– desea a la Mujer de Fuego, y ella lo desea a él, pero ninguno de los dos se dará cuenta de su amor, sino hasta que se hayan destruido mutuamente.
Cuando ella se acerca, El Hombre de Hielo aplica su ley (la famosa ley del hielo), y extrañamente consigue atraerla más; y solo cuando ya la tiene cerca, él avanza para seducirla, pero entonces ella reacciona, toma distancia y se va. Y así se les pasa la vida, acercándose y alejándose, coincidiendo por ráfagas, haciendo que la pasión subsista a fuerza de atemperarla.
ZzZzZzZzZzZzZzZ
Cuando menos me di cuenta, Camila ya estaba en la cuarta dimensión del sueño, boqueando como un pez fuera del agua, haciendo caso omiso a las pastillas concentradas de sabiduría que yo acababa de proporcionarle.

Siempre es así, me dije a mí mismo: siempre hay alguien más viejo que tú que intenta prevenirte de las honduras emocionales que te esperan en el camino. Siempre hay alguien cercano que opta por avisarte de los peligros que acechan allá afuera. Pero uno nunca está lo suficientemente atento como para hacer debido caso.
Quizá –sospecho ahora— sufrir sea un modo accidentado de crecer. Quizá uno no actúa con inteligencia ni lucidez, porque en el fondo quiere sentir en la propia piel el ardor de la herida que otros ya sufrieron. Quizá para llegar a ser auténticos Hombres de Hielo primero tenemos que quemarnos, escurrirnos y trozarnos en pedacitos.
Solo así adquiriremos el conocimiento, la soltura y la libertad necesarios para conseguir que la más fiera y preciosa de las Mujeres de Fuego nunca se olvide de nosotros.
[FOTO: Camila (Mi hermana, la princesa de mi reino de Fabulas :D)]

jueves, 16 de febrero de 2012

Me arrepiento de arrepentirme tanto :S:S:S



¿Quién no ha hecho el ridículo en su legítimo propósito de enamorar o retener a alguien? ¿Quién no ha protagonizado, siquiera una vez, un episodio sentimental entre cómico, patético y absurdo? Todos tenemos memorizada nuestra propia colección de huachaferías y torpezas. Todos sabemos muy internamente de qué bobadas conviene arrepentirse.

Ahora que ando solo, me gusta matar el tiempo examinando mi pasado, tratando de proyectarlo en mi cabeza como si fuera una película muda. Me resulta útil verme a mí mismo en cámara lenta, cuadro por cuadro, porque así puedo detectar cuándo y dónde fue exactamente que metí la pataza. Cierro los ojos, la película avanza en el ecran ficticio de mi cerebro y ahí estoy yo –siempre tan pavo, tan apresurado, tan kamikaze– sufriendo los estragos de mis más geniales estropicios amorosos.

Ese ejercicio puede sonar medio delirante pero me ha permitido reconocer que hay decenas de cosas de las que indudablemente me avergüenzo y arrepiento. Quizá ventilarlas aquí sea una manera de exorcizarlas.
Me arrepiento, por ejemplo, de haber abierto mi bocota para decir ‘te quiero’ tan repetida e indiscriminadamente. Hoy ya sé que es mejor dosificar esa expresión (pero, claro, la sabiduría –como dice García Márquez– llega cuando ya no nos sirve para nada). Me arrepiento también de haber querido ser el enamorado perfecto, el epítome de Kevin Arnold, el chico Fisher Price que busca a su chica Hello Kitty. Me arrepiento de haber compuesto, escrito, blogeado y masterizado poemas y coplas francamente horrendas. Me arrepiento de haber invertido en comidas y regalos infructuosos un dinero que me habría servido para otras cosas. Me arrepiento de haberme vuelto loco de celos. De haber interrogado a cualquier amigo en común de los dos, para saber algo de ella, y de haber pernoctado bajo un farol esperando verla salir para entregarle una carta. Me arrepiento de haber perdonado traiciones y, desde luego, de haberlas cometido.

Me arrepiento de haber regalado un peluche antes que un libro. Me arrepiento de haber aprendido de memoria varios temas de Alejandro Zans (Dios, lo dije). Me arrepiento de haber escrito más poemas de los estrictamente necesarios. Me arrepiento –cómo me arrepiento– de no haber hecho caso a algunas advertencias de mis amigos, cuyos consejos, por no convenirme, sobrestimé. Me arrepiento de haber querido impresionarla haciendo bromas demasiado estúpidas. Me arrepiento de haberme obsesionado con un par de causas perdidas y de haber querido forzar al destino a que juegue a mi favor.

Finalmente, me arrepiento de arrepentirme tanto, y sospecho que hay algo inútil detrás de estas 600 palabras. Uno siempre se repite, siempre vuelve a embarrarla y nunca –pero nunca– aprende la lección. Te castigas con grandilocuencia diciendo “pero cómo pude ser tan idiota de hacer eso”, pero en el fondo sabes que, tarde o temprano, si te enamoras, volverás a cometer toditas tus patinadas, una por una. Tu naturaleza así te lo demandará. Creo que arrepentirse no es un mecanismo para expiar una culpa. Arrepentirse es solo una manera de volver a equivocarse

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